¿Cómo empezó su pasión por el teatro?
El otro día en el premio hablaba de ello. He estudiado en un colegio interno, en los Escolapios, aquí en Madrid. Me había educado con curas y siempre el boato, la parafernalia, la ceremonia de la Iglesia, me había llamado la atención. Yo era un chico de pueblo, de Talamanca de Jarama y casi no conocía nada. Esa parte que tiene la Iglesia de ceremonia, de rito, me llamo mucho la atención. Hay una pregunta que nunca sabremos contestar, a lo mejor es genética, ¿por qué tienes la inclinación?. Siempre tuve claro que quería dirigir, no actuar. No te puedo decir más, hay una inclinación a algo y un buen día, contra viento y marea, empiezas a hacerlo.
¿Qué planteamientos tiene a la hora de escoger un texto?
Ahora soy productor y eso me plantea unas contradicciones. Un productor es un empresario, que quiere ganar dinero. Yo me hice productor precisamente para no tener esa tiranía, para hacer aquellos textos que me gustan. Lo primero que tienes que sentir ante un texto es una emoción particular. Se trata de leer algo que se va a desprender al escenario. En ese camino va una puesta en escena. A lo largo de los ocho años que dirigí el Centro Dramático Nacional (CDN) y lo volvería a hacer aunque he tenido muchas contradicciones y sin sabores, he caminado al lado del autor español. En estos momentos de globalización cada país tenemos que aportar algo. No puede ser que se haga el mismo teatro aquí que el que se hace en Nueva York, y sin embargo estamos siendo inundados por lo más comercial que hay ahora mismo, la gran comedia musical. A mi me gustan los autores españoles. No nos engañemos, cuando empecé a dirigir el CDN empecé con Paco Nieva. Era la primera vez que un director de esa institución empezaba con un actor vivo. Siempre se había empezado con un actor muerto. ¿Por qué? Porque los muertos no protestan. Si a Paco Nieva no le hubiera gustado esa obra habría sido el final de mi carrera. A mi me tiene que emocionar un texto. Estoy en el momento de mi vida en el que creo que el teatro que estamos haciendo es muy frío. Al teatro le hace falta entrañas, tripas, corazón, hígado. Hace falta un vómito. El teatro es contaminación, sea un texto escrito ahora o hace 400 años como Calderón. ¿Sigue viva la obra? ¿Me sigue hablando? Si me sigue hablando me da igual que tenga 400 años o dos días.
¿Con qué se queda; con la faceta privada o la pública?
Podemos perfectamente convivir. En España siempre ha habido un enfrentamiento entre lo público y lo privado. Aquí tenemos cabida todos. Lo que tenemos que tener bien claro es que la existencia del teatro público es para algo, para hacer aquellos textos, o puestas en escena, que un empresario privado no haría. A lo mejor no ganas mucho dinero, pero no puedes estar perdiendo siempre. Yo no creo que tenga sentido la existencia de un teatro público para hacer textos no españoles. Esto se que es polémico, pero la institución nació en 1978 con unos estatutos muy claros: “la conservación de la dramaturgia española contemporánea”. A partir de ahí son todo contradicciones. Aquí usamos los teatros públicos para lucimiento del director de turno. Eso no es bueno.
¿Hay alguna manera de que los jóvenes se interesen más por el teatro?
No nos olvidemos. España ha perdido el teatro. El teatro es como las buenas costumbres, cuando se pierde es difícil de recuperar. Nosotros tuvimos momentos de gloria en siglos pasados. El problema es que el teatro no forma parte de nuestras vidas, es algo excepcional. A lo chicos jóvenes les llevan en el colegio. Pero la clave es que esos chicos elijan ir al teatro cuando ya no les obligan a ir.
¿Tiene esperanza de que esto cambie?
Pero que dices, como voy a tener esperanza. La política de los dos grandes partidos con respecto a la cultura es un mamoneo, y más en el PSOE que ha utilizado la cultura como una bandera para llegar al poder. La gente de la cultura siempre está a su lado, más la del cine, pero no ha cambiado absolutamente nada.