Elvis Costello —acompañado de su banda de country y bluegrass, The Sugarcanes— puso anoche la guinda a los madrileños Veranos de la Villa, con un concierto intenso y emotivo, de principio a fin.
Para el que esto escribe es muy difícil hacer una crónica del concierto que Elvis Costello dio ayer como parte de la programación de los Veranos de la Villa. Podría liarme con tópicos varios: “el artista polifacético”, “el gafapastas brillante”, “el mito del pop”... Da lo mismo, lo importante es que el amigo Costello es capaz de arrancarte una sonrisa nada más empezar el concierto y dejarte con cara de tonto para toda la semana. Bien es cierto que habría preferido verle con los Attractions, algo imposible a día de hoy, pero el espectáculo que vimos ayer fue de primera.
Sería más sencillo tirar de clásicos, pero también más obvio, y Costello es de todo menos previsible. Ayer se presentó con un conjunto de bluegrass, y no un conjunto cualquiera, quizás la mejor formación que se puede ver en el estilo, con gente como Jerry Douglas —bestial el sonido que arrancaba al dobro— o el guitarrista Jim Lauderdale —un super mercenario del country que ha tocado con gente como Johny Cash o Nick Lowe—. Aunque Costello vino a presentar su nuevo disco, Secret, profane & sugarcane, el repertorio dio un repaso a toda su carrera, pero sin venderse a lo fácil. Sonaron clasicazos como (The Angels wanna wear) My red shoes —casi lloro— o Allison, pero el resto del repertorio se repartió entre versiones —de los Beatles y Greatfull Dead— y joyas ocultas de una discografía dilatada en la que es demasiado fácil perderse, y más fácil aún no acordarse del nombre de las canciones. Poco importa, no hubo en el concierto ni un sólo minuto aburrido, y fue emotivo de principio a fin. Por fin he visto a Elvis Costello, y eso es algo que no se olvida.