Para abordar la problemática del consumo de alcohol hay que partir de una premisa; el consumo abusivo es, en cualquier caso, un peligro para nuestra salud y, por lo general, un detonante de conflictos sociales. Hay que apuntar, y esto no va a sorprender a nadie, que el consumo abusivo es una práctica muy habitual, sobre todo entre la población joven. Se considera una práctica de riesgo el consumo de más de cinco copas en dos horas, lo que se conoce técnicamente como bringe drinking, atracón en español. Según el último estudio del Observatorio Español sobre Drogas, realizado en 2007, el porcentaje de jóvenes varones que tuvieron un atracón de alcohol en el mes previo a la encuesta fue de un 20% para los jóvenes de entre 15 y 19 años y en torno a 30% para la población de entre 20 y 29 años. Aunque el porcentaje de abuso en mujeres se reduce, aproximadamente, a la mitad, hay que señalar que el alcohol afecta más a las mujeres. A igual consumo éstas se encuentran en mayor posición de riesgo. Se puede considerar que en las mujeres el atracón de alcohol empezaría a partir de las tres copas en menos de dos horas, una diferenciación que no recoge esta encuesta.
No estamos tan mal
Pese a a los preocupantes porcentajes en cuanto al consumo abusivo y, en contra de la creencia habitual, España no está a la cabeza en el consumo de alcohol de Europa, la región donde más se consume alcohol del mundo. Nuestro país ocupaba en 2003 –año de los últimos datos disponibles al respecto en la Organización Mundial de la Salud– el decimoprimer puesto en consumo del alcohol per cápita en Europa, con 9,99 litros de alcohol puro por persona al año. No obstante, aunque el consumo se encuentra muy por debajo que el de los países que encabezan la lista, Luxemburgo y República Checa (con 14,61 y 13,67 litros per cápita respectivamente), hay que señalar que España es –junto a Francia a la que superamos por muy poco– el país mediterráneo donde más alcohol se consume, por encima de Portugal e Italia, países donde la cultura del alcohol siempre ha sido muy similar a la nuestra. Y he aquí una de las claves para entender la problemática del alcohol en nuestro país. Hasta hace bien poco, en torno a los años 80, el alcohol era una sustancia que se consumía en las comidas, durante toda la semana, y, principalmente, en vino. No se bebía menos, de hecho se bebía bastante más, pero los atracones no eran habituales, y se consumía el alcohol de forma más espaciada. Desde los años 80, y cada vez con más intensidad, se está imponiendo en España lo que se conoce como “modelo nórdico”, donde prevalece el consumo de bebidas destiladas buscando sus efectos lúdicos, en fin de semana y de forma abusiva.
La historia del botellón
Aunque el botellón como fenómeno tiene unos diez años su práctica se venía gestando mucho antes. El botellón no es más que la expresión de un cambio en el desarrollo del ocio juvenil que es, a su vez, fruto del profundo cambio social que se vivió en España desde mediados de la década de los setenta.
El alcohol –históricamente el vino, y más tarde la cerveza y los destilados– hasta hace poco era una sustancia bien considerada, que a los ojos de la sociedad no aportaba nada malo. Su presencia era natural y positiva. Si alguien tenía un problema con el alcohol se consideraba que estaba loco o era un vicioso. La culpa era suya, no de la sustancia que consumía. Basta ver como, aún a día de hoy, no solemos referirnos al alcohol como una droga, pese a que todo el mundo sabe en el fondo que lo es. Ni siquiera los padres se preocupan demasiado porque sus hijos beban de forma ilegal –en toda Europa está prohibido el consumo de alcohol con menos de 18 años–, y en el seno de las familias se da un mensaje muy contradictorio. Por un lado se intenta evitar, pero por otro no deja de ser algo que “hace todo el mundo”. La ley que prohíbe el consumo de alcohol a menores se incumple de forma masiva. Desde que existe la ley ni los jóvenes beben menos, ni empiezan a beber más tarde, ni tienen dificultades para acceder al alcohol (el 93,8% de los escolares consideran que es fácil o muy fácil acceder a el).
La preocupación mediática acerca del consumo de alcohol de los jóvenes no llegaría hasta finales de los ochenta. El domingo 13 de noviembre de 1988 se publicaba en el ABC un reportaje de portada bajo el título “Guerra a las litronas”, en el que se alertaba de un nuevo fenómeno: “El consumo de ‘litronas’(...) en algunas calles de Madrid ha acabado convirtiendo ciertas zonas en signos de suciedad, problemas de orden público e iniciación al alcoholismo de muchos jóvenes”. Como demuestra este artículo la problemática del botellón no es fruto de un comportamiento de la juventud actual. El problema del botellón, aunque no con las dimensiones actuales, ya se daba en los años ochenta. Es más, muchos de los padres de los adolescentes actuales, que practican el botellón de forma habitual, fueron los precursores del fenómeno, los primeros que cambiaron la forma de beber y llevaron el alcohol a las calles. Hasta finales de los años ochenta la forma de beber de los jóvenes había pasado desapercibida por completo, pues era igual que la del resto de la población. Se bebía vino es casa desde edades muy tempranas, pero de forma moderada y controlada, y más tarde se bebía en los bares, pero en menos cantidad y de manera asociada al “tapeo”. Los fuertes cambios socioculturales de la década de los 80 hicieron que esto cambiara. Los jóvenes empezaron a concentrar el consumo de alcohol en los fines de semana, buscando directamente la borrachera, algo que hasta entonces no era habitual. Es entonces cuando nace la preocupación por el consumo de alcohol en los jóvenes, pero no tanto por el alcohol en si mismo, si no porque la manera de divertirse de los jóvenes resultaba extraña. Esta preocupación se magnificó con la llegada del botellón masivo, a finales de los noventa, que en el fondo fue una respuesta a unas leyes más restrictivas que impedían el consumo de alcohol a los menores de 18 años –desde 1996 no se permite en ninguna comunidad a excepción de Asturias– y su entrada a locales de ocio nocturno, sin olvidar que el precio de las bebidas alcohólicas no dejaba de de aumentar.
El fenómeno del botellón provocó una creciente alarma social sobre los peligros que conlleva el abuso de alcohol, sobre todo entre los menores, que corren más riesgos al ingerirlo que una persona adulta. Pese a esto, la afirmación extendida de que “cada vez se empieza antes a beber” es radicalmente falsa. El inicio experimental del consumo se sitúa en torno a los 13 años y medio, y el consumo semanal, más habitual, en torno a los 15 años. Es cierto que en algún momento pudo descender la edad de inicio en el consumo de alcohol, pero al menos desde que se hacen estadísticas en los colegios, 1994, estas edades se mantienen estables.
Pese a que la percepción de los peligros sanitarios derivados del alcohol está cada vez más presente, hay que señalar que la alarma social que provoca el botellón viene ligada a los problemas sociales que generan estos (suciedad, ruido, vandalismo...), no tanto a los problemas de salud que conlleva el consumo excesivo de alcohol, algo que, por desgracia, no parece preocupar tanto. El ejemplo perfecto de esta “preocupación relativa” son los famosos botellódromos de Andalucía o Extremadura, comunidades que permiten beber en “espacios debidamente autorizados por los municipios”, lugares donde los jóvenes pueden beber hasta hartarse sin molestar a los vecinos. Sólo hay que ver las estadísticas del consumo de alcohol entre los jóvenes andaluces –el 90% de los menores ha bebido alguna vez– para darse cuenta que esto sólo sirve para que los chavales no molesten, pero lejos de prevenir el consumo abusivo de alcohol, lo aumenta.
Un cambio de paradigma
Visto lo visto parece claro que ni las leyes restrictivas –que en cualquier caso no se aplican–, ni los programas sociales, han evitado que el consumo abusivo de alcohol descienda significativamente entre los jóvenes españoles, aunque haya descendido su consumo total. Antes los jóvenes aprendían en casa a beber de forma responsable, algo que a día de hoy es impensable. Ahora se emborrachan sin control en la vía pública –incluidos los menores de edad, aunque esté prohibido– y de una manera, el atracón, que entraña un riesgo mayor para la salud. Los problemas derivados son enormes. El 30% de los jóvenes en estado de embriaguez vive episodios de violencia, por no hablar de los jóvenes que conducen tras emborracharse. Los mayores problemas, de hecho, no son sanitarios, sino derivados de comportamientos que eliminan el control de la conducta. Fenómenos como los recientes altercados de Pozuelo son un claro ejemplo de ello.
Javier Elzo, catedrático de sociología de la Universidad de Deusto, y uno de los más importantes profesionales de la sociología del alcoholismo en España, cree que las leyes han fallado y que “es un sinsentido la situación de tierra de nadie en la que se encuentra la gente con 16 y 17 años”. Parece evidente que a estas edades los jóvenes van a beber, pues, de nuevo en palabras de Elzo, “el alcohol es un modo de buscar su introducción a la sociedad adulta”. Por lo general, los jóvenes no beben por beber, y, aunque todos acaben emborachándose, no se ve con buenos ojos a la gente que abusa y acaba siendo una carga para el grupo. El consumo de alcohol es una forma de estar con los amigos y deshinibirse, de hecho, en un reciente estudio de la Fundación SM sólo un 26,8% de los jóvenes –entre 15 y 24 años– consideran que el consumo de alcohol es una razón bastante o muy importante para salir en fin de semana. Una cifra que es sensiblemente menor a la que dio el mismo estudio en 2005 (31,5%). Compartir con los amigos es lo más importante para ellos, pero dentro del rito de compartir, está el consumo de alcohol.
El propio Elzo, junto a otros profesionales de la Asociación Alcohol y Sociedad, ha firmado un manifiesto que pide que las iniciativas para evitar el consumo abusivo de alcohol incidan en un mensaje ético. La prevención del abuso del alcohol no debe centrarse tan sólo en la idea de que el alcohol es malo para la salud, sino que, además, limita la libertad del consumidor y puede provocar conductas incontroladas que pueden dañar a otros. En definitiva, hay que llamar a la sociedad en conjunto para que sea permisiva con el consumo moderado y responsable, pero intolerante con el consumo abusivo, algo que aún no se ha conseguido.