La mesa redonda organizada por MENOS 25 sacó a relucir los puntos clave del Espacio Europeo de Educación Superior y como este afecta a los alumnos, profesores y universidades.
El debate se abrió con los beneficios que aporta el proceso de Bolonia a las universidades españolas y todos estuvieron de acuerdo en que uno de ellos es la renovación pedagógica.
Agustín Probanza, vicerrector de Ordenación Académica y Posgrado del CEU comentó que se deben reconsiderar los modos y maneras docentes para renovar la pedagogía pero si olvidar que se debe “mantener lo bueno de lo antiguo e innovar cosas nuevas mirando hacia fuera, hacia el extranjero”. Esto, desde su punto de vista, es un beneficio, pero también puede ser un peligro, ya que requiere un cambio de mentalidad del profesorado que, en muchos casos, es complicado. En el caso de su universidad, por ejemplo, enviaron a más de 80 personas a Harvard a formarse, para aprender y renovar su metodología docente.
El peso recae sobre el estudiante
Marta Arroyo, vicerrectora de Estudiantes y Empleo de la Universidad Europea de Madrid, resaltó como beneficio el hecho de “que se reconozca por primera vez que el estudiante está en el centro del proceso formativo”. Es este un punto en el que todos los asistentes estaban de acuerdo. “El aprendizaje del estudiante es lo importante, ya no hablamos de enseñar, hablamos de que el estudiante debe aprender y todo gira en torno al estudiante”, puntualizó. Por ello, según aclaró, con los nuevos créditos ECTS “no solamente se valoran los resultados de una prueba tipo examen, sino también los trabajos, seminarios y el trabajo autónomo del alumno”.
Agustín Probanza puntualizó que para ello es necesario que el alumno cambie de mentalidad, porque está acostumbrado a “confinarse a los exámenes finales para deglutir cientos de páginas y las universidades tenemos un planteamiento del estudio distinto, más extensivo que intensivo”.
En este sentido, Juan Antonio Maestro, vicerrector de Investigación de la Universidad Nebrija, explicó que ahora el alumno “en un entorno totalmente multidisciplinar se va a mezclar más con otras titulaciones, va a participar más en empresas y va a tener evaluaciones acerca de sus competencias con esas empresas”.
Uno de los principales cambios que se va a encontrar el estudiante es el cambio en el calendario. Las clases terminan a mediados de mayo y los clásicos exámenes de septiembre se adelantan a julio. Para Agustín Probanza esto es otro punto positivo ya que permite que el buen estudiante disfrute de un periodo mayor de vacaciones y, el que suspenda, pueda pasar el verano sin la preocupación de tener que estudiar para septiembre. Además, señaló que “tienen más posibilidades de que no se enfríen los conocimientos” y puede resolver dudas con los profesores que todavía se encuentran en la facultad.
El problema que surge aquí, como comentaron varios ponentes, es el hecho de que la selectividad no se haya adecuado al cambio en muchas comunidades autónomas. Las clases ahora comienzan antes en septiembre y en Madrid, por ejemplo, la prueba de acceso a la universidad de septiembre se realiza después de que haya comenzado el curso universitario.
Calidad bajo control
Con la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, los controles de calidad han aumentado y esto fue subrayado como algo positivo por los participantes en la mesa, salvo por el hecho de que los procesos administrativos son, en ocasiones, desmesurados. Como explicó Juan Pedro Montañés, director de la Unidad de Calidad y Prospectiva de la Universidad Pontificia de Comillas, “el esfuerzo ha sido a veces exagerado porque la normativa jurídica española en temas de educación universitaria ha cambiado en cuatro años; desde que la estructura se aprobó en Bolonia en 1999 se ha terminado de normativizar en España el viernes pasado”.
Miguel Larrañaga, vicerrector de Estudiantes de IE University, señaló que este proceso obliga a mejorar la calidad porque “ya no estamos comparándonos con la universidad de al lado sino que de aquí a muy pocos años vamos a tener que jugar en una liga europea y global”. Aclaró aquí la importancia de los rankings y el hecho de que, según cree, ni “una sola universidad española se haya sometido a sistemas de acreditación internacionales”.
Apoyando este punto, Javier Gabiola, vicerrector para la Convergencia Europea y la Acreditación de la Universidad Alfonso X el Sabio, afirmó que ahora muchas universidades van a tener que “demostrar que son buenas” porque “los procesos de verificación y acreditación son fundamentales”.
Vinculación con las empresas
El Espacio Europeo de Educación Superior hace más estrecho el vínculo entre las empresas y las universidades. Una consecuencia de esto es la necesidad de desarrollar y evaluar las competencias profesionales requeridas por las compañías. Marta Arroyo considera que “las universidades españolas normalmente estamos bien valoradas en cuanto al hecho de que nuestros estudiantes sí tienen conocimientos técnicos, lo que no tienen son competencias, salen al mercado laboral y no saben trabajar en equipo, liderar o resolver conflictos”. Para cambiar esto, es necesario que la nueva metodología de Bolonia haga que el estudiante salga más preparado en competencias transversales.
Miguel Larrañaga, de acuerdo con este punto, matizó que es necesario que las prácticas sean obligatorias y que los títulos sean interdisciplinares. Estos títulos, desde su punto de vista, se deben crear en función de la demanda del mercado de trabajo.
Juan Antonio Maestro, por su parte, lanzó una pregunta al aire invitando a sus compañeros de mesa a reflexionar sobre el objetivo real del proceso de Bolonia. “¿Hemos hecho este proceso de muchos años para cambiar la universidad?”, cuestionó. Desde su punto de vista, el proceso en sí responde a un grave problema de productividad. “Otros países también lo tienen, pero da la casualidad de que los países que se han incorporado a esta metodología de la enseñanza de Bolonia antes que nosotros tienen menos problemas de productividad”, señaló. Por eso, considera que el Espacio Europeo viene a solucionar esto, “a que nuestros estudiantes cuando sean profesionales se integren en la sociedad y sean personas productivas con las ideas claras”.
Por último, Juan Pedro Montañés insistió en recordar que en España hay 2.576 programas de doctorado, 4.009 másteres y 1.964 grados diferentes que son observados por 17 agencias de calidad. Esto supone que “tenemos muchos más programas de doctorado que muchos grandes países de Europa” y es algo que debería ser reflexionado. La solución que propuso Miguel Larrañaga es que muchos de ellos tendrán que desaparecer.