Después de toda una semana de madrugones para ir a la Universidad, de trabajos y de clases lo más agradable es ver el fin de semana a tus amigos. Pasarlo bien, echar unas risas y pasear. Esto mismo es lo que hacen los voluntarios cuando quedan con los chicos del Hogar Don Orione.
Autor: Antonio Martínez
Lucía aparece con toda su tropa de jóvenes solidarios en la puerta del Hogar Don Orione. Son justo las 5 de la tarde del sábado. En este hogar viven 106 personas con discapacidades físicas e intelectuales. Están distribuidos por zonas y cada módulo tiene un de color para diferenciarlos. Los chicos de la zona amarilla son los primeros en bajar: Edu, un grandullón con un corazón enorme, Pichurri, que identifica a la gente por la ropa, Luis, el don Juan que se adjudica a todas las niñas... Los que tienen menos movilidad son los de las unidades verde y naranja. La llegada de los voluntarios es un juego para ellos. Son la sirena de su recreo. Al ver a los jóvenes, estas personas sonríen y se ponen contentos, expresan sus emociones como si fueran niños. Lucía les saluda uno a uno, dándoles un beso y un abrazo. “Son mis amigos. Tengo ganas de que llegue este momento porque te aportan toda la alegría que llevan dentro”, afirma la chica que ha reunido a todo el grupo de voluntarios.
Nuevos amigos
Hace sol y una tarde ideal para salir a la calle a tomar el aire. Sin olvidar los abrigos, los voluntarios sacan a dar una vuelta a los chicos de la unidad naranja que van en silla de ruedas. El hogar está a unos escasos 100 metros de la Casa de Campo. Allí, entre la naturaleza uno puede disfrutar de los mejores paseos de todo Madrid. Sin embargo, Eugenio, que lleva siempre un juguete entre sus manos prefiere la ciudad. Le encantan los coches, casi tanto como a Fernando Alonso. Muchas veces se pone nervioso si van a sitios abiertos. Parece que esta vez no se ha mostrado reacio y sí le ha apetecido disfrutar de la Casa de Campo. Su hermano es igualito que él, pero tiene más movilidad y puede ir andando. José Antonio colabora con sus compañareos, empuja una y otra vez la silla de los demás chicos y eso que él también va en una. Javi no ha podido salir porque tiene que estar con el oxigeno aunque alguna vez si que se le saca a dar una vuelta. El humor reina en estos paseos, todos hacen bromas y se lo pasan en grande. Quique pide continuamente que le den mimos. Y Toby es el charlatán del grupo. Para ellos este momento es muy especial, quizá el mejor de la semana. Son ya las siete de la tarde, el sol se está escondiendo y el frío comienza a llamar a la puerta. Toca volver al hogar para descansar. Los voluntarios se despiden de sus amigos hasta la próxima visita. Un día Lucía conoció y “enganchó” a Rut y a María, las animó a que fueran con ella. Les gustó tanto que aquí están cada fin de semana. Saben que cada paseo que dan es para estas personas un empujón hacia la felicidad. ANTONIO MARTÍNEZ