Autor: Miguel Ayuso
El aterrizaje en Marte es sumamente complicado. Las sondas, como es lógico, no se pueden controlar en tiempo real. Desde la Tierra se mandan una serie de ordenes programadas que la sonda cumple a rajatabla, pero una vez dadas no hay marcha atrás. En siete minutos se abre el paracaídas, se desprende el escudo térmico y se extienden las tres patas. Son momentos de gran tensión, se sabe cuando la sonda está aterrizando, pero no si está saliendo bien. Cuando la sonda avisó que había amartizado correctamente la alegría explotó en el centro de control de la NASA en Pasadena.
El objetivo de la sonda Phoenix es comprobar si hay hielo en Marte, algo muy probable, y ya de paso ver si existe alguna forma de vida, algo muy improbable.
El lugar del aterrizaje es conocido como Vastitas Borealis, un gigantesco llano del círculo polar marciano.
Lo primero que hizo la sonda al aterrizar fue desplegar sus paneles solares. Durante dos minutos dejó de eviar información a la tierra para usar toda su energía. Dos horas después la sonda envió a la tierra su primera foto. En ella se ve un paisaje rojo y desolador plagado de pequeñas piedras. Marte no es como lo pintaba Ray Bradbury, es aún más desértico.
Después de este primer contacto la Phoenix desplegó su brazo mecánico, encargado de recoger muestras del suelo marciano. Para la semana que viene la propia sonda empezará a analizar la superficie siguiendo las ordenes de los científicos de la NASA.
La Phoenix debe darse prisa en cumplir su misión. En cuanto llegue el invierno no habrá suficiente luz y la sonda dejará de funcionar. Está programada para guardar energía y mandar un último suspiro a la tierra, anunciando así el fín de su vida útil. Veremos que encuentra en el planeta rojo, pero la misión ya es un éxito.