Hemeroteca :: 13/11/2006
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SENSACIONES
Última actualización 13/11/2006@00:00:00 GMT+1
Uno de los capítulos más tristes de la historia reciente de Gran Bretaña llega a las pantallas. La muerte de la Princesa del pueblo sirve para plantear en esta película el conflicto entre una monarquía anclada en la tradición y un primer ministro que la desafía ante su insensibilidad.

Autor: D. Forcada


La muerte de Diana de Gales la madrugada del 31 de agosto de 1997 conmocionó al mundo. Por su belleza, por su desdichada vida junto a Carlos de Inglaterra, por su trabajo solidario con los más pobres o contra las minas antipersona, por morir en la plenitud de la vida justo después de conocer a su nueva pareja o por el controvertido papel de los paparazzi aquella noche. Su fallecimiento cumplía con todos los elementos de una buena novela y de un guión cinematográfico. Pero el director Stephen Frears ha obviado todos estos elementos para centrarse en su último trabajo en la conflictiva relación que durante esos días mantuvieron la soberana británica y el recién elegido Tony Blair. Un choque entre dos mundos completamente contrapuestos: el de la tradición y las formas frente al de la modernidad y la cercanía con el dolor del pueblo. Para el primer ministro, la muerte de Diana marcará su consagración como figura de la política internacional y pondrá patas arriba el austero mundo de Isabel II.

La princesa de Galés logró cambiar al pueblo británico, cuyo famoso carácter flemático se empezó a derretir ante su muerte. La gente siente que ha perdido a una hermana o una madre, pero Isabel II, interpretada magistralmente por Helen Mirren, permanece impasible en su castillo de Balmoral, en Escocia. El suyo es un mundo de tradición, dónde el protocolo es lo más importante y las muestras públicas de emociones no están bien vistas. Pero los ramos de flores se agolpan a las puertas de Buckingham y la prensa, tanto la seria como la sensacionalista, empieza a criticarla por su silencio.

The Queen indaga en esos cruciales momentos en el futuro de Tony Blair, que tres meses después de ser elegido se atreve a cuestionar a la soberana británica y encarga un funeral de Estado. Y es que, en opinión del guionista Peter Morgan, centrarse sólo en la familia real no hubiera sido bastante para hacer una buena película. Faltaba tensión dramática y por eso Morgan se fijó en el papel del primer ministro y rápidamente el guión evolucionó hacia una historia de contraste entre el viejo mundo del poder heredado y el mundo moderno de la democracia: “Se convirtió en una historia sobre la constitución, el liderazgo y el equilibrio de poder entre el primer ministro, Tony Blair, y la soberana, Isabel II”. 
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